Kaf Café 55

Micro abierto de cantautores y poetas el jueves 5 en Kaf Café Benimaclet. Noche de las que ayudan a no pedir ayuda, que diría Pizarnik.

Has empeorado mucho desde que ya no saltas al cuello de la gente, recitaba un fulano, y es verdad que tu cuello de sílice es como para no creer en tanta buena suerte junta.

Si la vida no os sonríe… adivinad.

Cae la luz vertical sobre el poeta, de pie frente al micro, solo como cualquiera, pero él, entonces, parece aún más solo. Lo miro mover sus labios y en seguida hay algo más allí, que no veo, pero que siento y descifro con relámpagos, con sinapsis. Es un misterio. Es su voz aguardentosa, invisible, disparada hacia los oídos de todos, y que en seguida desaparece de su inapariencia, para que el misterio empiece otra vez: bailan los sonidos en el aire, incorpóreos, perceptibles, por todas partes.  

Alguien escucha una música tan conmovido que mientras dure la canción estará viviendo en el presente. Tan sólo en el presente. Qué suerte. Mirarlo medio sonreír sabe a dar gracias a la vida.

Veo al lado mío una sonrisa vivificadora y gigante. Alguien abraza a alguien que soy yo. Me siento a salvo (¿pero de qué? del mundo, que es eso que uno no sabe qué es pero cuyo significado inventa para asustarse, a veces). Petrifico el instante pero el tiempo destruye en seguida el tallado. Vamos todos hacia el desbarrancadero. La vida acabará mal aunque sólo sea porque acabará, pero aún así nos sentimos felices. Casi siempre. Es un milagro. Alguien se recuesta sobre alguien que soy yo. Alguien canta No admitirlo siempre fue lo primero, y aunque algo deshecho, no lo voy a parar. Alguien recita la concavidad de una lágrima abraza el planeta, […] manos encallecidas en el hierro, insensibles al tacto de la piel. No parece haber en él vaguedad, ni siquiera en el fondo afán declamatorio, o sea que es un verdadero poeta. ¿Quién es un verdadero poeta? Quien envuelve el mundo para regalo, aunque sea en papel de ceniza.

—Te regalo el mundo en vuelto en papel de ceniza —dijo.

—¿Por qué?

—Porque es de donde yo vengo. 

 

Versos sueltos en la noche: 

algú que no conec ni que vull conéixer.

si me pinchan y no sangro es que estoy tramando algo.

una manzana envenenada se creía una pera.

para seguir siendo versos.

nunca el asfalto tan lejos del cielo.

tantas palabras como estrellas.

Tantas noches como la del jueves como quepan.

 

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El color de la granada

Anduve ayer por la Feria del Libro de Valencia, invitado por Bibiana Collado a la presentación de «El color de la granada», de Carla Badillo, poeta ecuatoriana de una sinuosa hermosura aindiada, que con la mencionada obra ganó recientemente el XVIII Premio Loewe a la Mejor Creación Joven. Qué aburrido es hablar de premios y de currículums; llegar a la Feria del Libro y encontrarte con los corrillos de intelectualoides entre quienes uno o dos sostienen, enrollado, ElPais, y que por supuesto no van a comprar ni un puto libro. O sí, no como yo.

Bibiana Collado, poeta burrianense de una belleza naturalísima y lozana, hizo la presentación. Una presentación vívida, cavernosa y sentida en la que al menos dio la sensación de creer emocionadamente. Burrianense, por lo demás, suena peor que neoyorkina, pero si has nacido en Burriana es lo que te toca. La que importa es la primera palabra, «poeta», pero en eso nadie se fija.

Badillo escribió el libro tras ver una película de Serguéi Paradzhánov. Hubo en ello la toma de conciencia de ese vínculo subterráneo, misteriosamente tan verdadero como irracional, que uno —o una— de pronto un día siente que lo tenía unido, sin saberlo, desde siempre, a algo o a alguien. A los menos molones nos pasó con Michael Jackson, pero a una poeta latinoamericana, para quien sus versos son sus “cuchillos” y la poesía “su trinchera”; dicen por ahí que con “veta cubana, osada”, y demás blablablás propios de pies de contraportada, no podía menos que pasarle con un cineasta armenio. Badillo se disparó a escribir enfebrecida, uno imagina que al campo, escondida bajo briznas altas de hierba fresca, a la manera de Rimbaud cuando tras follarse a Verlaine escapó a Charleville, y a Stuttgart, para escribir «Iluminaciones». Badillo escribió «El color de la granada».

Pienso en los granos vítreos, nervudos de la granada. En sus brillos escarlata de origen invisible, mientras me acuerdo de algunos versos extraordinarios de Badillo, en mitad de paisajes por lo demás manoseadísimos,  recitados con su voz de otra parte.

dos mundos conectados por la belleza y el horror

el diablo no es la tentación. El diablo es el tiempo

vengo de una criatura extinta en la boca de una mujer

esta religión que es la poesía nadie me la impone

Pero ahí seguramente se equivocó Carla. O ahí, o cuando dijo: “El arte es una condena…

… y una liberación […]”.

Sí.

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Cal

 

“Con tal de regresar y oír el trueno sonar
voy a cualquier lugar, no es muy difícil cambiar.
Quién sabe si jamás alcanzaré el final.”

Antonio Vega

Nada más doblan la esquina él mira, unos metros más allá, el rótulo del café-librería recortado contra el fondo de otra monocromática calle, coloreada por los faroles nocturnos con ese trillado color pajizo. En el rótulo, que le parece que levita, está el rostro de Kafka y un círculo coloreado de rojo al que mira igual que por primera vez. Lo redescubre orgánico. Es tan vivo que además de verse, sabe rojo.

Abre la puerta. Deja que ella pase primero y la mira, tan delgada; morena enloquecedora, se dice, de esa misteriosa manera en la que uno se dice a sí mismo algo, pero sin articularlo. La ve tan primorosa, movida como por un fina brizna de viento que él siente que también lo empuja, bar adentro.

La chica ocupa una mesa junto a la entrada. Él va hacia la barra, detrás de la que hay un tipo que lo saluda diciendo Qué pasa, fiera. O diciendo Qué pasa, maestro. Diciendo algo que este narrador omnisciente, paradójicamente, no comprende bien. Mientras aún saborea el olor a incienso que empapa el local, responde: Dos copas de vino. Piensa: Este es buen incienso. Va hacia el aseo recordando un verso de Alejandra. La tendrá en la memoria toda la noche.

pasos de quien no viene

El servicio, adonde el aroma a incienso también ha llegado, además apesta a alcantarilla. La mezcla de olores, a gomorresina quemada y a cloaca, no le desagrada del todo. Esto le sorprende. Piensa en que muy probablemente el azulejado influya. Un azulejado que le recuerda a Persia, que lo hace sentir aunque remotamente en alguna parte del imperio aqueménida. Hubiera esperado una pintada en el espejo como ¿FOLLAS?, y un teléfono; o algo como el dibujo de un falo, o como PUTA BARÇA, o como QUEEN, pero sólo pone QUE VIVA LA BICI. En una de las paredes hay un cuadro naíf representando un pastoreo. Hay una oveja en la parte inferior sobre cuyo lomo el esqueleto entero, embarullado, se muestra dentro de una mancha roja que evoca la sangre, y las vísceras, del animal. Pero se supone que la oveja está viva y que eso es como un escáner de aeropuerto. El esqueleto rutila bajo la mirada severa de un pastor cuya dentadura le sobresale. El pastor aprieta los dientes fuerte. En su mueca hay satanismo.

la sombra cubre pétalos mirados

Sale del baño y ve que a su izquierda, al piano, en una esquina del local, una joven rubia interpreta a Einaudi. Cae una luz vertical sobre ella, sólo sobre ella. La encapsula. Los mechones junto a la raya que le parte el cabello están encendidos. La ve como a la muñeca de una caja de música y mientras lo hace, y avanza, siente el tiempo ensanchado. Sus pasos, entonces lentos, orbitan en torno a algo ultra masivo que parece ser la nostalgia.

alguien entra en la muerte con los ojos abiertos

Continúa hacia la mesa en donde la chica lo espera, sonriendo, como quien sonríe frente a un mar plateado aunque todo el pasado esté inundado de lluvia. Él siente, entre miradas fugitivas que la observan a ella —y cuyos dueños piensan: es la chica más guapa que has visto nunca—, su estómago grávido de colmillos de lobo. Continúa avanzando, como por un plano inclinado directo hacia el abismo, que quién lo diría, él siente más cerca cuanto más se aproxima a esa ninfa de la mesa. Llega y se sienta. Sonríe, pero es por puro mimetismo. Le acaricia la nuca con la ternura de un cachorro. Es amor. Dice: Cómo va el partido. Ella parece algo más que contenta; parece feliz mientras responde: Ya ha ganado. ¿Ah, sí?, pregunta él, con una voz anémica que parece de otro, pero que es la suya, su voz de autodevorado. Da un trago de vino que mientras baja al estómago le espina la sangre. Siente que ceden sus últimos contrafuertes, que se despeña hacia el campo baldío en donde pronto será ya todo irreparable. Imagina que lo próximo bien pudiera ser la muerte, pero en lugar de morir, en el último instante, llora. Explota a llorar. En la mirada de ella, por lo demás de sobresalto, parece haber ya el consuelo de que los balanceos del espíritu no tienen razón, y de que no hay que buscársela. De que la vida irá igualmente hacia donde iba. Y parece ser cierto, porque todos lo miran además de ella; hasta la joven del piano que ha dejado de tocar. Pero eso tampoco lo mata.

Iván Alarcón Tortajada, 2016

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Primer recuerdo

—Mi primer recuerdo —comenzó a contar— es de una noche cuando en el hogar paterno hacíamos vida en una salita enana. Los márgenes de cosas como las paredes o como los muebles, son indefinidos, puede que como en todos los recuerdos. Se entremezclan a base de líneas borrosas, y predomina en la escena un tono azulón, que supongo más como un remate de mi fantasía, que como la tonalidad predominante en un cuarto iluminado sólo por la luz, plomiza, de aquella niebla granulada en los televisores antiguos, cuando estaban desprogramados.

Sé que es mentira. Sé que si aquel televisor viejo estaba enchufado, no era esa niebla lo que yo veía en él, envuelto en una manta, desde el sofá; pero así es como lo rememoro ahora, con esa niebla por desintonía traída desde otro recuerdo en el que ya no queda nada, excepto niebla.

A mi madre la imagino inmóvil a veces, como esculpida y monocromática; y así, inmortal, bella como una estatua nevada, me hace sentir maravillado y triste. Otras veces sirve estofado, en el extremo de la habitación, sobre una escuálida mesa redonda en la que hay un mantel de tela.

Todavía hoy, viajando misteriosamente por entre los riscos de la memoria, el olor tibio de aquel guiso aterriza en el presente, y hace mi boca agua. Como el recuerdo de la salsa espesa, y parda; de la bachoqueta, de las patatas chascadas, casi deshechas; de los trozos quebradizos de aquel magro jugoso, medio deshebrado.

Se puede estar seguro de un recuerdo así incluso cuando ya no se está seguro de nada. De un recuerdo que son varios recuerdos, algunos sólo niebla o humo, pero que forman, juntos, la imagen de un sito en donde uno se sintió, ni más ni menos, que bien.

iAT2016

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es272

Acudí a aquella cita con Laura en uno de esos días en los que sientes que lo peor ya pasó, que se abre el cielo a lo lejos, pero en los que de pronto una jauría de lobos parece estar zampándosete por dentro. Una jauría de lobos que parece la mecha prendida hacia una muerte próxima. Una muerte próxima y literal que es nada menos que la tuya.

Caminando calle abajo, por el Carrer de Dalt, me saqué el pasado y el futuro de la mollera. Aterrizó el Barrio del Carmen en el Barrio del Carmen. Aterricé yo en mí. Entró el aire en el aire. La luz en la luz. Aquella luz de color natilla, que lo pintaba todo en el casco viejo.

El viento, fresco, se afilaba en mi nariz cada vez que inspiraba, ascendiendo junto con el olor a masa recién horneada que correteaba, en todas partes, por entre las siluetas anónimas, balanceantes, a veces veloces, de la gente […]

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